Las frutillas habían teñido de rojo los dedos y las risas.
Era absurdo, absurdo; Todo era un carnaval. Todo era delirio.
Me miraste, recuerdo. Y no pude sentir más peso que en ese segundo. Ya no quería que me rescataras, no quería más sonrisas ni más cumplidos.
Y reí, rojo de frutillas, como nunca.
Era absurdo. Absurdo.
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