Me corté el pelo.
Me reí y tomé té con los codos bien puestos, con la cara llena de risa y con dos de azucar.
No tomé café, pero me reí con la teleserie. Dije que sí al dulce de membrillo, que no al queso, y cuando me ofrecieron más, dije que era suficiente.
En el fondo, no sé donde cresta falló la ecuación, y el corte de pelo no sirve para nada solo por ser mi pelo el que se corta.
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